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sábado, 25 de junio de 2011

El Premio de Poesía Manuel Alcántara recae en el poeta español Juan Carlos Abril


El escritor, profesor, traductor, poeta y crítico literario español Juan Carlos Abril, fue distinguido en la ciudad andaluza de Málaga con el XIX Premio de Poesía Manuel Alcántara.

Este galardón que le permite acceder a un estímulo monetario de seis mil euros le fue entregado de forma oficial de manos del alcalde de Málaga, Francisco de la Torre, en reconocimiento a “Ave Félix”, un poema que según su creador transmite optimismo y esperanza.

Este material que surgió hace alrededor de seis años después de que el autor saliera de un momento complicado y descubriera que era posible ser feliz se inicia con los siguientes versos que recoge DiarioJaen.es: “Nunca empiezan y nunca acaban / los días, nos ocultan sus razones / para seguir, bajo este cielo rojo / hundido entre las brumas y el hacha matinal de los deseos”.

Según reveló el propio Abril, cuando el presidente del jurado lo contactó para anunciarle su triunfo, le hizo hincapié “en su alegría por dar el premio a alguien joven porque es un estímulo y un referente para las nuevas generaciones” ya que muy pocas veces este laurel ha recaído en la figura de un poeta joven.

Orgulloso por haber logrado sobresalir en el certamen tras insistir en varias oportunidades, el flamante ganador del Premio de Poesía Manuel Alcántara dijo experimentar “alegría por obtener este prestigioso premio, más allá del valor económico que posee”.

Cabe recordar que este español doctorado en Literatura Española es famoso en el universo intelectual ya que, a lo largo de su trayectoria, también publicó títulos como “Un intruso nos somete”, “El laberinto azul” y “Crisis” y elaboró textos para revistas como “Ínsula”, “Cuadernos Hispanoamericanos”, “Historia y Política” y “La Estafeta del Viento”, entre otras./ Verónica Gudiña/LIVDUCA

viernes, 24 de junio de 2011

El escritor mexicano Sergio Pitol recibe la Orden de Isabel la Católica




El escritor, traductor y diplomático mexicano Sergio Pitol, responsable de títulos como “Infierno de todos”, “Nocturno de Bujara”, “El desfile del amor”, “Domar a la divina garza”, “La casa de la tribu”, “El arte de la fuga” y “Soñar con la realidad”, ha recibido en las últimas horas la Orden de Isabel la Católica en el grado de Encomienda que le concedió el Gobierno español en la Ciudad de México.

En la misma ceremonia, las autoridades distinguieron a Jesús Alejandro Cravioto Lebrija (secretario de Cultura de Jalisco), al diplomático José Ignacio Madrazo y a los historiadores Elisa García Barragán y José María Muría Rouret.

El estímulo fue otorgado por Manuel Alabart, el embajador de España en México, quien resaltó el compromiso de las figuras galardonadas “en la promoción de la cultura hispánica y en el fortalecimiento de las relaciones hispano-mexicanas”. Desde su punto de vista, sus respectivos trabajos fueron motivados por “el amor a España pero también por el profundo amor a México, su propio país”.

Tras obtener esta condecoración, Pitol hizo referencia a Isabel la Católica, a quien y por quien celebran “al ingresar a la Orden que lleva su nombre”. En su discurso, el intelectual nacido en Puebla el 18 de marzo de 1933 recordó a varios colegas españoles y elogió en especial a Miguel de Cervantes, a quien describió como “un adelantado de su época”. Para él, no existe ninguna corriente literaria posterior “que no le deba algo al Quijote”.

Cabe destacar que, antes de disfrutar este reconocimiento del gobierno español, Pitol había visto valorada su labor a través de distinciones como el Premio Xavier Villaurrutia, el Premio Herralde, el Premio Mazatlán de Literatura, el Premio de Literatura Latinoamericana y del Caribe Juan Rulfo y el Premio Cervantes, entre otras./EFE/LIVDUCA

viernes, 17 de junio de 2011

La escritora paraguaya Dirma Pardo Carugati nos habla de toda la faceta femenina en su libro Simplemente Mujeres




Dirma, conocedora del oficio, nos va contando las historias de las mujeres, y esas historias, todas muy ricas, muy bien planteadas y narradas, nos hablan de un mundo poblado de sumisiones, de luchas frontales contra una sociedad machista, de ambiciones, de complejos, de pequeñas batallas donde se perfilan los lados a veces oscuros y desconocidos de las personas.

Ella, la autora, sabe perfectamente cómo hacer un cuento. En ellos no asoma lo previsible, lo obvio. Muy por el contrario, sus escritos nos van atrapando desde la primera hasta la última página para dejarnos ante un final que nos deja con los ojos muy abiertos y un profundo suspiro.

Celebro la pluma de Dirma Pardo. Su poder de observación, al que se le suma su intuición extrema, hacen posible este libro donde los cuentos son sencillos, sin mayores vueltas, pero llenos de un lenguaje talentoso y disparador de ideas.

ETAPAS DE LA VIDA DE LA MUJER PERFECTA

No llores tanto. No te mojes otra vez. No te chupes el dedo. Duérmete mi sol.

No seas una bebé malcriada.

No toques todo. No rompas nada, no grites así. No te comas las uñas.

No seas una criatura tan traviesa.

No me desobedezcas. No contestes de ese modo. Eso no se dice, eso no se hace.

No seas una niña problema.

No escribas con la mano izquierda. No salgas del renglón de doble raya. No pintes de azul el caballito. No dejes de usar el uniforme.

No seas una alumna diferente.

No andes con esas amistades. No te pongas esa ropa horrible. No te portes como una cualquiera. No confíes en ellos; solo quieren una cosa.

No seas una jovencita rebelde.

No tendrás otro dios más que a mí. No gastes tanto. No seas tan celosa. No plaguees más.

¿No sabes cocinar otra cosa?

No seas una esposa fastidiosa.

No revises mis cajones. No me aconsejes a tu estilo. No me des más sermones. No me digas “yo te dije”.

No seas una madre cargosa.

No olvides tu medicina. No pierdas otra vez los anteojos. No comas eso que te hace daño. No repitas otra vez la misma historia. No lleves el gato a la cama.

No seas caprichosa, abuela.

El libro lleva el sello editorial Servilibro

De la autora: Maestra, periodista y narradora. Fue catedrática del Colegio Internacional, editora de la página feminista y columnista del diario La Tribuna.

Socia fundadora y presidenta del Club del Libro Nº 1 y coordinadora del Taller Cuento Breve.

Fue miembro de la directiva de Escritoras Paraguayas Asociadas, de la que es cofundadora, y vicepresidenta de la Sociedad de Escritores del Paraguay. Desde 1996 es Académica de Número de la Academia Paraguaya de la Lengua Española.

La autora publicó: La víspera y el día; Ana Iris Chaves, la escritora la amiga; Cuentos, mitos y leyendas; Cuentos de tierra caliente e Historia de la literatura paraguaya (en colaboración con Hugo Rodríguez – Alcalá).

El escritor colombiano Juan Gustavo Cobo Borda, analiza el protagonismo de la mujer en la literatura colombiana







Desde Maria a Rosario Tijeras

Los personajes femeninos de la literatura colombiana que han tenido que decir la verdad, antes que ser figuras ejemplares. Mujeres de tragedia y dolor.

Petrarca vio por primera vez a Laura y se enamoró de ella el Viernes Santo, 6 de abril de 1327, en la iglesia de Santa Clara de Avignon. Gracias al poeta todos asistimos a la cita y continuamos repitiendo sus versos “Cuando hallándome yo desprevenido, vuestros ojos, señora, me prendieron.

Así dos adulteras celebres, Madame Bovary y Anna Karenina, todavía nos estremecen con lo trágico de su destino. Mientras que Odette de Proust, pasa de cortesana a señora dudosamente respetable. Y la impúdica Molly Bloom, desgrana la salacidad verbal de su monologo, a la vez que Lady Chatterley, continua sembrando flores en el bosque del pubis de su vital guardabosques.

Cuando estrechamos la óptica y nos fijamos en Colombia, la Maria de Jorge Isaacs parece cumplir con la habitual parábola nacional, que nuestro mejor crítico literario, Hernando Valencia Goelkel, resumió así:

“La dicha –el matrimonio, quiero decir– de Efrain y Maria, se aplazó hasta que él llegara a la mayoría de edad. Quienes leyeron la novela de Isaacs, recuerdan lo demás: mientras el héroe –y el tiempo– estaba cumpliendo ese requisito, Maria había muerto”.

La dicha, entre nosotros, no parece factible, se demora, se enreda, se sustituye por compensaciones menores. Pero ¿No es acaso El amor en los tiempos de cólera, el gran recuento de una pasión terca y empecinada que finalmente triunfa, en la antesala de la muerte, el barco enarbolando la negra bandera de la peste?

Esa terquedad proverbial tiene su origen en Ursula Iguaran, patriarca por excelencia, se remonta al cielo por “la bella” o insiste, apasionado e incluso senil, en los lechos clandestinos que de Petra Cotes a Delgadina, prefieren el verdadero amor fuera de casa. En la clandestinidad de la prostitución consentida. La Madre o la Puta, pero muy pocas veces la mujer misma en su autónoma plenitud.

Gran frustración

Si no miremos el panteón nacional femenino. Desde la Aura de Vargas Vila, quien contrae matrimonio por dependencia económica con un anciano, hasta La Marquesa de Yolombo, de 1926, donde Bárbara, la mujer más rica del título recibe su reconocimiento del rey de España, y se casa con Fernando de Orellana quien la abandona en Cartagena. A raíz de ello se vuelve loca hasta el final de sus días: basta recordar la heroína de Delirio, de Laura Restrepo, para ver como esta tradición perdura.

Pero dos años de Bárbara Caballero, en 1924, La Voragine, de José Eustasio Rivera, nos sumerge en otra alucinación, esta vez vegetal. La del mundo que lleva a Alicia embarazada a abortar en la selva y a desparecer en la nada de esa utopía, con crimen incluido. Similar en todo a la mestiza Nina que Cesar Piedrahita bautizara Toa (candela) y con la cual el médico Antonio Orrantia, trasunto claro del autor, tendrá una hija que muere junto con la madre en el parto.

El amor solo factible un momento antes de morir; la locura enclaustrando en su rígida selva; lo precario de las condiciones de salubridad, en el país, ponen a las heroína de nuestra literatura en posturas limites, frente a un entorno de hipócrita control social. Así lo anuncia en el xviii Genoveva Alcocer, quien en La tejedora de coronas (1982), de Germán Espinosa, es violada por los piratas en Cartagena y acusada de bruja ante la Inquisición.

Quemada en la hoguera a los 90 años se erige indudable símbolo de la mujer que en pos del saber, como Sor Juana Inés de la Cruz, topa el poder y es vencida por él.

Incluso siglos más tarde, las tres heroínas de la novela de Elisa Mujica, Celina, Catalina y Mirza Eslava, siguen padeciendo, desde su origen provinciano, desde sus ideas socialistas, desde su afán por ingresar a la universidad o asumir una vida propia a partir de sus trabajos, la sempiterna muralla de engaños y postergaciones, de seductores baratos y clandestinos abortos. Pero en su caso novelas como Los dos tiempos (1949) y Catalina (1963) derivaron hacia el conocimiento de que la escritura femenina en Colombia, y por consiguiente de sus heroínas, apenas si podía reconocerse en figuras como la madre Francisca Josefa del Castillo y Soledad Acosta de Samper. Había que partir de cero. Por ello la ficción en el caso de Elisa Mujica dio paso al misticismo y a sus libros sobre Santa Teresa de Jesús.

Quizas una de las pocas novelas colombianas, donde la heroína despliega una madurez y un dominio de si misma, además de las heroínas de García Márquez, sea la Wanda de Álvaro Mutis en La Ultima Escala del Tramp Steamer (1989). Musulmana nacida en Beirut, y de solo 24 años, Wanda al ser dueña del barco de cabotaje obtendrá su independencia y libertad económica para culminar su educación europea y enamorarse de ese capitán vasco de 50 años, Jon Iturri. Conciente de lo profundo de su pasión pero también de lo efímero y endeble de la misma, ligado a la agonía de ese barco que más parece surgir del celebre poema de Pablo Neruda, el Fantasma del buque de carga, que de cualquier realidad naviera o comercial. Cuando el narrador, en cierto momento, nos nombra a Tristan e Isolda nos damos cuenta de que Mutis esta intentando conferir un aura mística a esa tragedia humana. De trascender esos encuentros de pocos días, en los puertos del mundo, a una constelación de almas afines, por más que el capitán vea su barco destrozado en los raudales del Orinoco y ella retorne a la ortodoxia de su raza y religión.

Solo que en nuestros días, y finalmente, Rosario Tijeras, con la vertiginosa visualidad alucinante de su saga de amor y muerte, vuelve a replantearnos al atroz dilema: madres que permiten a sus compañeros a abusar de sus hijas menores de edad, para así mantenerlos cerca, en la celda de la sexualidad. Hijas que luego reprocharan a sus madres no esas violaciones consentidas sino el saber y proclamar que con ellas, jóvenes, disfrutaron más sus enfermos padrastros. Tal la venganza.

Desde aquella niña bien de Calí que termina prostituta, la Maria del Carmen Huerta que de Viva la Música (1977) de Andrés Caicedo, hasta el tiro, bailando, que cancela a la heroína de Jorge Franco, no parece demasiado atrayente el papel de la mujer en nuestras letras. Pero tampoco el país queda muy bien representado. Quizá la literatura haya tenido el penoso deber de decir la verdad mas que erigir figuras que nos convoquen y unan. Que nos hagan sentir como nosotros que también vimos el fantasma de Helena sobrevolando las murallas de Troya, aunque ella no estuviese allí y los hombres se mataran, durante una década, por un ensueño colectivo. Tal la fuerte poesía que emana la mujer.

Sobre el autor: Juan Gustavo Cobo Borda.

Poeta y ensayista. Ha ocupado cargos diplomáticos en Buenos Aires y Madrid y ha sido embajador en Grecia. Miembro de la Academia Colombiana de la Lengua, desde 1993, y correspondiente de la Española./libros&letras/LIVDUCA

miércoles, 15 de junio de 2011

“La gente más miserable, los peores tipos que conocí son escritores”, confiesa el escritor argentino Federico Andahazi



El escritor argentino Federico Andahazi (1963), que saltó al reconocimiento internacional en 1997 a raíz de su novela El anatomista, dijo que muchos de los escritores que ha conocido a lo largo de su carrera literaria son gente “miserable” y de “un grado de malicia y resentimiento” que le sorprende.

“Puedo decir que conocí a escritores magníficos. Pero también la gente más miserable, los peores tipos que conocí son escritores. Tipos con un grado de malicia y resentimiento que me sorprende, porque idealmente creía que un escritor era alguien de espíritu más o menos desinteresado”, dice Andahazi en entrevista publicada en el diario Río Negro, de la Patagonia Argentina.

En su caso particular Andahazi se considera “el escritor que quería ser y escribo los libros que quería escribir”, aunque reconoce que “el cenáculo de los escritores me sorprende”. El autor de otras novelas como “Errante en la sombra y Las piadosas recuerda además que “una de las grandes cosas que me pasaron en este oficio es haber conocido gente muy generosa que me enseñó mucho, como Osvaldo Soriano, mi maestro en los primeros pasos. Y también a (Roberto) Fontanarrosa”.

En cuanto al éxito alcanzado expresó que nunca soñó “ni con la décima parte de lo que me tocó vivir. No pensé que iba a estar presentando o publicando mis libros en lugares como Finlandia, Italia, China, Bélgica y Estados Unidos. O que iba a ir a la Feria del Libro en Rusia, que es de unas dimensiones soviéticas. Es enorme”.

Otras obras de Andahazi son El árbol de las tentaciones, El príncipe, El secreto de los flamencos, La ciudad de los herejes, El conquistador y Pecar como Dios manda. Historia sexual de los argentinos. /Librusa.com/LIVDUCA

miércoles, 8 de junio de 2011

Muere en Francia el escritor español Jorge Semprún, una memoria del siglo XX



Jorge Semprún ha muerto en París este martes, según han informado fuentes próximas a la familia. Tenía 87 años. Con él se pierde para siempre parte de los recuerdos del preso número 44.904, su matrícula en Buchenwald, el campo de concentración alemán en el que vivió deportado entre los 20 y los 22 años. Semprún construyó su obra literaria con los fragmentos de su propia memoria y en ella queda, pues, el recuerdo de los hechos y de los sentimientos de una vida marcada a fuego por todas las barbaries modernas.

Con él, sin embargo, desaparece un recuerdo que no cabe en los libros: el del olor a carne quemada. Lo dijo él mismo en 2000, en una entrevista. Lo que más le preocupaba del porvenir era esa precisa memoria: "Están desapareciendo los testigos del exterminio. Bueno, cada generación tiene un crepúsculo de esas características. Los testigos desaparecen. Pero ahora me está tocando vivirlo a mí. Aún hay más viejos que yo que han pasado por la experiencia de los campos. Pero no todos son escritores, claro. En el crepúsculo la memoria se hace más tensa, pero también está más sujeta a las deformaciones. Luego hay algo... ¿Sabe usted qué es lo más importante de haber pasado por un campo? ¿Sabe usted qué es exactamente? ¿Sabe usted que eso, que es lo más importante y lo más terrible, es lo único que no se puede explicar? El olor a carne quemada. ¿Qué haces con el recuerdo del olor a carne quemada? Para esas circunstancias está, precisamente, la literatura. ¿Pero cómo hablas de eso? ¿Comparas? ¿La obscenidad de la comparación? ¿Dices, por ejemplo, que huele como a pollo quemado? ¿O intentas una reconstrucción minuciosa de las circunstancias generales del recuerdo, dando vueltas en torno al olor, vueltas y más vueltas, sin encararlo? Yo tengo dentro de mi cabeza, vivo, el olor más importante de un campo de concentración. Y no puedo explicarlo. Y ese olor se va a ir conmigo como ya se ha ido con otros". Hoy esas palabras son más ciertas que nunca.

Cabría reconstruir los momentos clave de la vida del escritor leyendo cronológicamente una serie de libros que no fueron escritos respetando ese orden: la adolescencia en el exilio de la Guerra Civil (Adiós, luz de veranos...), la resistencia antinazi y la experiencia de Buchenwald (El largo viaje, Viviré con su nombre, morirá con el mío, Aquel domingo y, sobre todo, La escritura o la vida), la expulsión del Partido Comunista de España (Autobiografía de Federico Sánchez) o el periodo como ministro de Cultura en la segunda legislatura de Felipe González (Federico Sánchez se despide de ustedes).

Nieto por parte de madre del político conservador Antonio Maura, presidente del Gobierno con Alfonso XIII, Jorge Semprún nació en Madrid el 10 de diciembre de 1923. Su madre murió antes de que él cumpliera ocho años y, con la Guerra Civil, todos los hermanos marcharon a La Haya para reunirse con su padre, embajador de la República en los Países Bajos. El futuro escritor comenzaba así un exilio que ha durado toda su vida.

Si el descubrimiento de Levinas le valió su primer premio extraordinario de filosofía, el compromiso político le hizo ingresar en el Partido Comunista de España en 1942. Un año más tarde fue detenido como miembro de la Resistencia antinazi, torturado y deportado al campo de concentración de Buchenwald. Allí se libró de la muerte probable que esperaba a los intelectuales cuando fue inscrito como estucador en lugar de como estudiante. Su conocimiento del alemán, una obsesión de su padre, le ayudó también a sobrellevar los dos años que pasó con el triángulo rojo y la S de Spanier (español) en el pecho.

Francia rinde homenaje a Jorge Semprún

Sarkozy afirma que el escritor fallecido anoche "eligió el francés como patria"

Francia ha despertado hoy pendiente del recuerdo de Jorge Semprún, fallecido en su casa de París anoche. Las radios, las televisiones y las páginas webs de los principales periódicos franceses evocan sin parar la inmensa talla literaria y moral del escritor, su recorrido vital y su figura inacabable como testigo del siglo.

Nicolas Sarkozy, en un comunicado emitido por el Elíseo, rinde homenaje "a esta figura tutelar entre los escritores del siglo XX". "A través de su talento multiforme de novelista, memorialista, poeta y guionista ha contribuido, de forma decisiva, a la comprensión de los mecanismos de los totalitarismos".

El presidente francés recuerda la relación estrecha con Francia de este escritor español exiliado en París desde 1939 y que escribió casi toda su obra en francés : "Eligió por patria el francés, como Casanova, Cioran o Beckett. Era un francés de adopción para el que la plaza del Panteón constituía el centro del universo, una figura familiar en Saint-German-des-Prés, uno de las últimas grandes personalidades de una época trágica pero deslumbrante de la historia literaria de nuestro país".

Por su parte, el ministro de Cultura francés, Frédéric Mitterrand, por medio de otro comunicado, se refiere a Semprún como a un "escritor mayor" y como "uno de los más hermosos ejemplos de pensador comprometido con el ideal europeo".

Pero no solo ha habido reacciones oficiales. Por las radios y las televisiones francesas han desfilado amigos artistas, amigos a secas, escritores famosos o menos famosos que conocieron a Semprún desde hacía muchos años. Bernard Pivot, el presentador de programas literarios más famoso de Francia, recordaba hoy en una emisora de radio que Semprún "como todos los grandes escritores, se ocupó del tema del tiempo, y acomodó su memoria a su literatura y su literatura a su memoria".

Fue en uno de estos programas de Pivot donde Semprún, hace años, recordó por qué, al llegar a Fancia, con 15 años, se había lanzado a aprender francés con tanta devoción : "Porque percibía cierto racismo en Francia hacia esos rojos, combatientes del ejército derrotado". Y por qué había decidido escribir en francés: "Porque la lengua francesa es admirable. Porque descubrir a Gide o Baudelaire constituyó una auténtica revelación para mí".

En los reportajes y perfiles que se suceden en los medios de comunicación se evoca su lado francés, pero también su indisoluble raigambre española y se recuerda que jamás quiso renunciar a la nacionalidad española, circunstancia que le privó de haber ingresado en la Academia Francesa de la Lengua.

El cineasta franco-griego Costa Gavras, otro exiliado en Francia, amigo de Semprún, con el que colaboró en varios guiones, recordaba hoy su amor doble a Francia y a España, lo que le impidió, a la vez, "ser profundamente francés o español". Este cineasta, que habló con Semprún muchas veces de su paso por el campo de concentración de Buchenwald, asegura que la estancia del escritor allí significó "a la vez habitar un infierno y una verdadera escuela de vida". El mismo Semprún, en una entrevista concedida a este periódico en 2001, recordaba que una vez un amigo francés le había preguntado -como tantas veces tantos otros- qué era en realidad, si español o francés. Él se limitó a responderle : "Soy un deportado de Buchenwald"./Javier Rodríguez Marcos/Antonio Jiménez Barca/LIVDUCA

martes, 7 de junio de 2011

¿Cómo elegir el título para un libro? ¿Es tan fácil como parece?




Lo de ponerle el título a un libro se parece a lo de ponerle un nombre a un hijo. Pero en el caso del libro es todavía una cuestión más peliaguda. ¿Gustará? ¿Sintetiza el espíritu de la obra? ¿Es original? ¿Demasiado pedante? ¿Escribo la novela sin título y espero que me llegue por inspiración al rematar la última página? ¿Pongo primero el título y, de ahí, intento que surja toda la historia?

Hay autores que, para acotar un poco estos dilemas, siguen a menudo un estilo semejante. Por ejemplo, Vargas Llosa acostumbra a titular sus obras mencionando dos cosas: La tía Julia y el escribidor, Pantaleón y las visitadoras, La ciudad y los perros… Juan Carlos Onetti se inspiraba en nombres de óperas o canciones: El caballero de la rosa, La vida breve, La muerte y la doncella… Algunos autores podían llegar hasta límites insospechados, como el escritor argentino Abelardo Arias, que ponía siempre títulos construidos con 13 letras: De tales cuales, Polvo y espanto, Álamos talados…

Cada autor puede confeccionarse sus propias normas a la hora de titular. Algunos, como Andrés Trapiello, son más sistemáticos y atesora títulos para posibles libros y artículos en un cuaderno. Tiene tantos que incluso regala títulos a los amigos que le llaman para consultarle.

Pero también hay autores que no le dan demasiadas vueltas al asunto. Se dejan inspirar por los elementos que tengan más a mano o simplemente ponen lo primero que se les viene a la cabeza. Por ejemplo, Jean Cocteau, tras observar la marca de ascensores de su casa, decidió poner el título El ángel de Heurtevise. Witold Gombrowicztituló Bakalay copiando la palabra de una calle de Buenos Aires. Más poética es la forma en la que Antonio Solertituló El camino de los ingleses:

Lo escribí en Flandes, en una residencia en la que vivió Marguerite Yourcenar, y se llamaba originariamente Sacramento, pero un día que salí a dar un paseo encontré una desviación con ese nombre, El camino de los ingleses, que conducía a un pequeño cementerio militar donde estaban enterrados soldados ingleses muertos durante la Primera Guerra Mundial, y como la novela tiene que ver con las tragedias anónimas, me decidí a cambiarlos.

También es un buen recurso usar una de las frases del libro como título. La frase con la que concluye la obra, la frase con la que se inicia, alguna frase que se repite machaconamente… incluso la frase más banal de todas.

Mención especial merecen los títulos que son palabras inventadas o muy poco comunes. Moriencia, de Roa Bastos.Extravagario, de Neruda. Trilce, de Vallejo (una mezcla de triste y dulce). En mi caso, si echo la vista atrás, me doy cuenta de que he tirado mucho de la palabra rara o inventada para los títulos de mis novelas: Tanatomanía, Jitanjáfora, Bitis…

Dice Jesús Marchamalo en Las bibliotecas perdidas:

Hay títulos, también, que pueden generar curiosos malentendidos. No es fácil dudar con Pedro Páramo-Juan Rulfo respecto a quién es el autor y cuál el título, pero se preguntaba en un artículo el escritor y crítico Ricardo Bada acerca de otros emparejamientos en los lomos de los libros, algunos fáciles: Hector Servadac-Julio Verne, Anna Karenina-León Tolstói; y otros algo más difíciles: Gonzalo Guerrero-Eugenio Aguirre, Felipe Delgado-Jaime Sáenz; y el definitivo Multatuli-Max Havelaar. Siguiendo con la broma, recuerdo que Héctor Yánover, en su libro Memorias de un librero, contaba la anécdota de aquella señora que entró en la librería preguntando por Dostoievsky y Mr. Hyde.

Luego están los títulos más divertidos, extravagantes o concebidos para epatar al personal. Incluso hay la revista británica Bookseller concede el premio a los títulos de libros más raros de la literatura.

El premio al título de libro más raro de los últimos 30 años ha sido concedido a una obra que parece anodina:Greek Rural Postmen and Their Cancellation Numbers (Los carteros rurales griegos y los números de cancelación [de los sellos]). Consiguió el 13% de los votos en el sitio web de Bookseller

El argumento del libro es incluso más curioso que el título: la curiosa historia de más de 17 sacas de cartas no entregadas a sus destinatarios en Elasona, al norte de Tesalónica, y que fue publicado en 1994 por la Organización Filatélica Helénica de Gran Bretaña.

Otros de los finalistas son:

If You Want Closure In Your Relationship, Start With Your Legs (Si quieres acabar con tu relación, empieza cerrando las piernas).

¿Cuán verdes eran los Nazis?, editado por Franz Josef Bruggeimer, Mark Cioc y Thomas Zeller

El delicioso helado de D. Di Mascio: D. Di Mascio de Coventry: Una compañía de helados de buena reputación, con una flota interesante y variada de furgonetas de venta de helado, por Roger De Boer, Harvey Francis Pitcher y Alan Wilkinson/Fuente: Las bibliotecas perdidas de Jesús Marchamalo/Papel en Blanco(LIVDUCA

Las bibliotecas perdidas – Jesús Marchamalo

Los libros que recopilan artículos, reportajes, entrevistas o crónicas suelen ser interesantes, pero aburridos. “Las bibliotecas perdidas”, sin ser una obra que alcance la excelencia artística, se aleja de esa tendencia por el buen humor y la abundancia de documentación que acompañan a cada una las piezas.

Marchamalo ha reunido en este libro una serie de artículos que se han publicado en los últimos siete años en el suplemento ABCD (cultural del diario ABC), siempre relacionados con el mundo literario. Tenemos textos que hablan sobre las dedicatorias que se escriben en los libros y las extrañas aventuras que corren, apareciendo, desapareciendo e incluso reescribiéndose; sobre la relación entre la inevitable necesidad de trabajar en cualquier oficio para ganarse el pan de algunos escritores, como Kafka, Wallace Stevens o José María Merino, y la relación —peculiar— que entablan con la literatura que escriben; sobre la correspondencia de algunos escritores, de los secretos que se revelan (o se guardan) y de la pertinencia de su publicación, antes o después de la muerte del redactor; sobre escritores que alcanzan cierta fama con su primera obra y después desaparecen de los cenáculos literarios; sobre matrimonios o parejas formadas por dos escritores (Zelda y Scott Fitzgerald; Silvina Ocampo y Adolfo Bioy Casares; Jean-Paul Sartre y Simone de Beauvoir); sobre la relación entre el tabaco y la creación literaria; sobre las sempiternas peleas y riñas entre escritores; sobre las tensas amistades que unen a los editores con sus autores, y cómo pueden degenerar en odios acérrimos…

Es evidente que algunos artículos son mucho más interesantes que otros. ‘El oficio de escritor’, por ejemplo, nos habla sobre los orígenes curiosos e inciertos de algunos libros: los instantes brevísimos e intensos en los que al escritor “se le aparece” la historia que debe escribir, o las revelaciones ante determinados acontecimientos que, de alguna forma, “dictan” la futura novela. A través de algunas experiencias, como las de Luis Mateo Díez, Enrique Vila-Matas o Luis Landero, el lector se adentra en los hábitos de escritura de los escritores: manías, tiempo de dedicación, espacios en los que necesitan enclaustrarse, etc. No pasan de ser meras anécdotas, claro está, pero la información es extraña y resulta chocante, y lo cierto es que rara vez se tiene acceso a ese tipo de datos. Vean, por ejemplo, los “Seis trucos para escribir novelas” con los que finaliza el artículo:

Thomas Mann era tan cuidadoso con sus personajes que imaginaba incluso cómo sería su firma.

Evelyn Waugh escribió su primera novela en seis semanas, incluyendo las correcciones.

John Steinbeck trabajaba con lápiz, pero tenían que ser redondos, para que las aristas no se le clavaran en los dedos.

Para escribir “Los desnudos y los muertos”, Norman Mailer ideó un curioso sistema; trabajaba únicamente cuatro días a la semana: lunes, martes, jueves y viernes.

Henry Miller siempre defendió que trabajar incómodo constituye una innegable ayuda para la imaginación.

Y el truco de John Updike para superar los momentos de sequía es imaginar el libro que está escribiendo en las baldas de una biblioteca pública. Con las cubiertas gastadas y subrayados. Infalible.

Otros textos, como ‘Locos por la literatura’, en el que se analiza la relación entre dedicación artística y estabilidad mental, son muy interesantes por la profusión de información. Aunque los artículos suelen quedarse en lo trivial y anecdótico (recordemos que en su origen eran columnas de un suplemento cultural), la verdad es que revelan datos que arrojan algo de luz sobre algunas grandes figuras del mundo literario.

Como lectura, “Las bibliotecas perdidas” es atractiva y sugerente; no sobrecarga al lector con un exceso de información y ofrece unas equilibradas dosis de investigación e ironía. Para los amantes de los libros y, sobre todo, de los escritores./S. Molina/LIVDUCA