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miércoles, 1 de noviembre de 2023

Miguel de Cervantes ¡vale un Potosí!

 

Ivette Durán Calderón

 

Mencionar a Cervantes implica evocar al Quijote, principal protagonista de la obra cumbre del autor español, considerado padre de las letras hispanas. Todo lector que se ha inmerso en las obras literarias y poéticas cervantinas, sabe que no hay parangón posible. Miguel de Cervantes es independiente de su mítico caballero andante, puesto que Alonso Quijano es uno más —aunque el más relevante—, de sus personajes.

Podría decirse que las andanzas de aquel ingenioso hidalgo, eclipsaron el bagaje literario que nos legó Miguel de Cervantes. Pero quien lee a Cervantes no puede dejar de leer sus creaciones, busca más y finalmente le queda el sabor a poco; permanece el deseo de ahondar en la inventiva, la imaginación, la creatividad y la ucronía —en muchos casos—, de la que se valió el genial escritor para transportarnos a su época y consiguientes acontecimientos. Ese saber situarnos entre lo real y lo imaginario, es lo que consolida al genio cervantino.


Los países que se sienten —desde tiempos remotos—, muy honrados por haber sido elegidos primero, como posibles puestos de destino, y citados después, en las diferentes obras de Cervantes, no caben en sí por el regocijo que les produce la oportunidad de mantener viva la llama literaria hispana, siendo don Miguel, crisol inconfundible de la lengua castellana.

Bolivia, es uno de los países privilegiados; así lo han manifestado en diferentes oportunidades y épocas históricas los intelectuales bolivianos, quienes estuvieron y están conscientes de que se debe dar continuidad a la consuetudinaria iniciativa de conmemorar a Cervantes, adhiriéndose cada 23 de abril —Día Internacional del Libro—, a la multinacional lectura maratónica y colectiva que supera las 24 horas desde el año 2013. Este evento congrega a invitados especiales y voluntarios pertenecientes a los más diversos grupos etarios y de actividades diversas, quienes a través de sus voces dan vida a cada uno de los pasajes y personajes de la magistral creación cervantina. Cabe destacar que, en esta cadena, no sólo el idioma español está presente, también tienen su espacio voces de otras lenguas para leer El Quijote a través de sus embajadores culturales y gente inmersa en el tema.

Son más de doscientas, las obras adaptadas en múltiples lenguas y estilos, aunque se dice que Don Quijote se ha traducido aproximadamente a 145 idiomas. Oficialmente circula en el Instituto Cervantes de España la colección «Traducciones del Quijote» compuesta por cincuenta traducciones del primer capítulo del Quijote pertenecientes a más de 200 obras en múltiples lenguas, sumándose el año 2016 con gran beneplácito, las traducciones en quechua y guaraní; idiomas, que junto al aymara, son los más hablados después del español, en los países andinos.

No todo se ha dicho sobre Cervantes —pese a que durante estos cuatrocientos años se haya escrito sobre él y su Quijote ininterrumpidamente—, porque permanentemente es un tema actual, en todas las épocas forma parte de la cultura universal y al día de hoy se incorporan todos los medios electrónicos y las redes sociales; así lo demuestra la curiosidad que despertó el año 2002 la traducción de El Quijote al “spanglish” por el escritor norteamericano Ilan Stavans; asimismo, Diego Buendía, informático español, creó el “El QuijoTweet”  (paraTwitter, hoy “x”), e introdujo el texto de El Quijote en 17.000 twits de 140 caracteres cada uno, a partir de 2014 hasta 2016.

Corolario de este gran emprendimiento, es el proyecto “Cervantes en rap” de La Fundación


Festival Internacional de Teatro Clásico de Almagro consistente en un concurso internacional abierto a todos los raperos amantes de la cultura urbana, llevados a cabo —respectivamente— en Ciudad Real, España y Guanajuato, México, en la 51 versión del acreditado Festival Cervantino, uno de sus directores,  Jorge Volpi acuñó la frase: “la ciudad de Guanajuato es considerada la tumba de don Quijote” —sí, la de don Quijote, no la de Cervantes, perseguida en vano—. La mentada “tumba” se encuentra al lado del monumental Teatro Juárez, allí fue solemnemente enterrada una edición especial con una placa que dice: “Quien afirme que Don Quijote está en esta tierra enterrado, jamás mentirá”.

Literatos, poetas, científicos, investigadores, militares, psicólogos, sociólogos, místicos, antropólogos, lingüistas, filántropos e historiadores han dedicado sendos trabajos al respecto. Es así que, Cervantes a partir del siglo XVI pasó a ser de un escritor entretenido, a un representante de la realidad y la ficción exquisitamente fusionado en el romanticismo del siglo XIX. En pleno siglo XXI, el Quijote sigue siendo el germen de la literatura moderna y nervio motor de la escritura actual para los países hispanohablantes.

Es este el epicentro de aquella delgada línea que separa a Miguel de Cervantes de don Alonso Quijano, puesto que una cosa es: haber traducido a muchas lenguas una de las obras de Cervantes en su primera y/o segunda parte: —El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha (I) y El ingenioso caballero Don Quijote de la Mancha (II) —, y otra: apreciar todas las obras literarias de Miguel de Cervantes Saavedra, padre de la literatura española y referente internacional del idioma español.

Con gran convicción sostengo que el placer de leer se coarta cuando la lectura es impuesta. De hecho, leer la obra original de El Quijote obliga a recurrir al diccionario para aclarar ese giro idiomático, buscar esa palabra que nunca habíamos escuchado, o recordar algunos términos ya en desuso. Cabe destacar el ingenio y habilidad de variadas adaptaciones modernas que acercan a la juventud a Miguel de Cervantes.

Así como Miguel de Cervantes —a través de don Quijote— tuvo y tiene gran influencia en creaciones y recreaciones sobre muchos escritores de talla internacional, no es menos cierto que se cuenta entre ellos a un buen número de intelectuales bolivianos:

Ricardo Jaimes Freyre (1868-1933), escribió la pieza El mundo de Cervantes y el de don Quijote, y una reseña del libro Vida de Don Quijote y Sancho, de Miguel de Unamuno (publicaciones realizadas en Tucumán, Argentina— infechadas—).

Particular importancia cobra en este trabajo, citar la compilación de autores bolivianos que dedicaron su intelecto a las obras de Cervantes y a su principal personaje: don Quijote. Resulta de gran ayuda el trabajo realizado el año 2009 por el profesor boliviano Luis R. Quiroz, estudioso cervantino radicado en Estados Unidos, al formularse la pregunta: ¿Qué hay en Bolivia acerca de Cervantes y el Quijote? el fruto de su investigación arroja cincuenta y nueve trabajos diversos de cuarenta y ocho escritores.

No son todos los que están, ni están todos los que son estudiosos quijonianos, más que cervantinos. Honra entera merece el autor de aquel célebre Quijote, don Miguel de Cervantes Saavedra, cuya pluma y memoria encomiamos con este humilde trabajo desde una perspectiva diferente, con todo el agradecimiento que debe el pueblo potosino a tan preclara mente, puesto que estuvo presente en sus pensamientos e imaginación cuando surcaba ignotos parajes argentarios y citaba con respeto y admiración la valía del gran Potosí en sus variados e inmortales trabajos. Potosí no es una ciudad cualquiera, ni el Cerro Rico una montaña más.

Sin duda alguna, por la evocación profesada a esta tierra, por su cariño y sus letras, Miguel de Cervantes Saavedra ¡vale un Potosí!

 

Biografía

 

Ivette Durán Calderón, potosina de nacimiento, radicada en Europa, es jurista, investigadora histórico social, escritora y poetisa. Acreditada como investigadora del Archivo de Indias en Sevilla, España y del Archivo General de la Nación de México; Archivo de la Casa Nacional de la Moneda de Potosí, Bolivia; ponente en temas indianistas, virreinales y como especialista en temas de inmigración y extranjería en Estados Unidos, Europa y Latinoamérica. Socia corresponsal de la Sociedad Geográfica y de Historia de Potosí-Bolivia. Ponente de temática jurídica, histórica y social, autora de diferentes libros, artículos e investigaciones a nivel nacional e internacional.

 

El presente artículo ha sido extraído del libro del mismo nombre “Cervantes, vale un Potosí” de la misma autora.

viernes, 17 de junio de 2011

El escritor colombiano Juan Gustavo Cobo Borda, analiza el protagonismo de la mujer en la literatura colombiana







Desde Maria a Rosario Tijeras

Los personajes femeninos de la literatura colombiana que han tenido que decir la verdad, antes que ser figuras ejemplares. Mujeres de tragedia y dolor.

Petrarca vio por primera vez a Laura y se enamoró de ella el Viernes Santo, 6 de abril de 1327, en la iglesia de Santa Clara de Avignon. Gracias al poeta todos asistimos a la cita y continuamos repitiendo sus versos “Cuando hallándome yo desprevenido, vuestros ojos, señora, me prendieron.

Así dos adulteras celebres, Madame Bovary y Anna Karenina, todavía nos estremecen con lo trágico de su destino. Mientras que Odette de Proust, pasa de cortesana a señora dudosamente respetable. Y la impúdica Molly Bloom, desgrana la salacidad verbal de su monologo, a la vez que Lady Chatterley, continua sembrando flores en el bosque del pubis de su vital guardabosques.

Cuando estrechamos la óptica y nos fijamos en Colombia, la Maria de Jorge Isaacs parece cumplir con la habitual parábola nacional, que nuestro mejor crítico literario, Hernando Valencia Goelkel, resumió así:

“La dicha –el matrimonio, quiero decir– de Efrain y Maria, se aplazó hasta que él llegara a la mayoría de edad. Quienes leyeron la novela de Isaacs, recuerdan lo demás: mientras el héroe –y el tiempo– estaba cumpliendo ese requisito, Maria había muerto”.

La dicha, entre nosotros, no parece factible, se demora, se enreda, se sustituye por compensaciones menores. Pero ¿No es acaso El amor en los tiempos de cólera, el gran recuento de una pasión terca y empecinada que finalmente triunfa, en la antesala de la muerte, el barco enarbolando la negra bandera de la peste?

Esa terquedad proverbial tiene su origen en Ursula Iguaran, patriarca por excelencia, se remonta al cielo por “la bella” o insiste, apasionado e incluso senil, en los lechos clandestinos que de Petra Cotes a Delgadina, prefieren el verdadero amor fuera de casa. En la clandestinidad de la prostitución consentida. La Madre o la Puta, pero muy pocas veces la mujer misma en su autónoma plenitud.

Gran frustración

Si no miremos el panteón nacional femenino. Desde la Aura de Vargas Vila, quien contrae matrimonio por dependencia económica con un anciano, hasta La Marquesa de Yolombo, de 1926, donde Bárbara, la mujer más rica del título recibe su reconocimiento del rey de España, y se casa con Fernando de Orellana quien la abandona en Cartagena. A raíz de ello se vuelve loca hasta el final de sus días: basta recordar la heroína de Delirio, de Laura Restrepo, para ver como esta tradición perdura.

Pero dos años de Bárbara Caballero, en 1924, La Voragine, de José Eustasio Rivera, nos sumerge en otra alucinación, esta vez vegetal. La del mundo que lleva a Alicia embarazada a abortar en la selva y a desparecer en la nada de esa utopía, con crimen incluido. Similar en todo a la mestiza Nina que Cesar Piedrahita bautizara Toa (candela) y con la cual el médico Antonio Orrantia, trasunto claro del autor, tendrá una hija que muere junto con la madre en el parto.

El amor solo factible un momento antes de morir; la locura enclaustrando en su rígida selva; lo precario de las condiciones de salubridad, en el país, ponen a las heroína de nuestra literatura en posturas limites, frente a un entorno de hipócrita control social. Así lo anuncia en el xviii Genoveva Alcocer, quien en La tejedora de coronas (1982), de Germán Espinosa, es violada por los piratas en Cartagena y acusada de bruja ante la Inquisición.

Quemada en la hoguera a los 90 años se erige indudable símbolo de la mujer que en pos del saber, como Sor Juana Inés de la Cruz, topa el poder y es vencida por él.

Incluso siglos más tarde, las tres heroínas de la novela de Elisa Mujica, Celina, Catalina y Mirza Eslava, siguen padeciendo, desde su origen provinciano, desde sus ideas socialistas, desde su afán por ingresar a la universidad o asumir una vida propia a partir de sus trabajos, la sempiterna muralla de engaños y postergaciones, de seductores baratos y clandestinos abortos. Pero en su caso novelas como Los dos tiempos (1949) y Catalina (1963) derivaron hacia el conocimiento de que la escritura femenina en Colombia, y por consiguiente de sus heroínas, apenas si podía reconocerse en figuras como la madre Francisca Josefa del Castillo y Soledad Acosta de Samper. Había que partir de cero. Por ello la ficción en el caso de Elisa Mujica dio paso al misticismo y a sus libros sobre Santa Teresa de Jesús.

Quizas una de las pocas novelas colombianas, donde la heroína despliega una madurez y un dominio de si misma, además de las heroínas de García Márquez, sea la Wanda de Álvaro Mutis en La Ultima Escala del Tramp Steamer (1989). Musulmana nacida en Beirut, y de solo 24 años, Wanda al ser dueña del barco de cabotaje obtendrá su independencia y libertad económica para culminar su educación europea y enamorarse de ese capitán vasco de 50 años, Jon Iturri. Conciente de lo profundo de su pasión pero también de lo efímero y endeble de la misma, ligado a la agonía de ese barco que más parece surgir del celebre poema de Pablo Neruda, el Fantasma del buque de carga, que de cualquier realidad naviera o comercial. Cuando el narrador, en cierto momento, nos nombra a Tristan e Isolda nos damos cuenta de que Mutis esta intentando conferir un aura mística a esa tragedia humana. De trascender esos encuentros de pocos días, en los puertos del mundo, a una constelación de almas afines, por más que el capitán vea su barco destrozado en los raudales del Orinoco y ella retorne a la ortodoxia de su raza y religión.

Solo que en nuestros días, y finalmente, Rosario Tijeras, con la vertiginosa visualidad alucinante de su saga de amor y muerte, vuelve a replantearnos al atroz dilema: madres que permiten a sus compañeros a abusar de sus hijas menores de edad, para así mantenerlos cerca, en la celda de la sexualidad. Hijas que luego reprocharan a sus madres no esas violaciones consentidas sino el saber y proclamar que con ellas, jóvenes, disfrutaron más sus enfermos padrastros. Tal la venganza.

Desde aquella niña bien de Calí que termina prostituta, la Maria del Carmen Huerta que de Viva la Música (1977) de Andrés Caicedo, hasta el tiro, bailando, que cancela a la heroína de Jorge Franco, no parece demasiado atrayente el papel de la mujer en nuestras letras. Pero tampoco el país queda muy bien representado. Quizá la literatura haya tenido el penoso deber de decir la verdad mas que erigir figuras que nos convoquen y unan. Que nos hagan sentir como nosotros que también vimos el fantasma de Helena sobrevolando las murallas de Troya, aunque ella no estuviese allí y los hombres se mataran, durante una década, por un ensueño colectivo. Tal la fuerte poesía que emana la mujer.

Sobre el autor: Juan Gustavo Cobo Borda.

Poeta y ensayista. Ha ocupado cargos diplomáticos en Buenos Aires y Madrid y ha sido embajador en Grecia. Miembro de la Academia Colombiana de la Lengua, desde 1993, y correspondiente de la Española./libros&letras/LIVDUCA