Espacio informativo con las principales novedades literarias tanto para escritores, poetas y amantes de la literatura en general.
Permite la libre circulación de ideas y admite colaboraciones desde cualquier lugar del mundo.

viernes, 25 de enero de 2019

No importa la edad para revolucionar las librerías



La literatura del país vecino acaba de demostrar que la edad no está, ni mucho menos, reñida con la capacidad de generar éxitos editoriales. Allí, el libro más vendido estas navidades no es otro que un ensayo de 30 páginas rubricado por un tal Stéphane Hessel.
Este hecho sería de lo más cotidiano y banal de no ser porque este ex diplomático -lo fue tras la Segunda Guerra Mundial-, el nuevo rey Midas francés, tiene nada menos que 93 años. Su llamada a la indignación política y su reflexión crítica sobre la sociedad actual han cautivado de tal manera a los lectores franceses, que ha generado un auténtico boom, según The guardian.
El éxito del nonagenario Hessel parece haber conmocionado a Francia desde que su libro, Indignez vous! (Indignaos), se publicara el pasado mes de octubre. Fue entonces cuando un editor del sur del país se fijó en la obra y decidió sacarla al mercado, aunque, eso sí, en un número muy reducido de copias y por el módico precio de 3 euros.
Después de dos meses en las listas de éxitos editoriales, el libro ha permanecido durante cinco semanas consecutivas en el número 1, superando al galardonado Michel oullebecq y su novela La Carte et le Territorio. Ha vendido nada menos que 600.000 copias y los editores predicen que en breve alcanzará el millón de copias vendidas.
Hessel nació en Berlín en 1917 y emigró a Francia con sólo 7 años. Su madre, Helen Ground, escritora y pintora, inspiró la Catherine del trío Jules et Jim, de la película de François Truffaut. Su padre, Franz era Jules. Durante la ocupación nazi de Francia, Stéphane se unió a la resistencia francesa, fue capturado, torturado y deportado a los campos de concentración de Buchenwald y Dora. Tras la guerra, ayudó a redactar la Declaración Universal de los Derechos Humanos y se centró en su carrera de diplomático.
La explicación al huracán Hessel reside en el carisma del autor y su historia personal, pero también en el estado de ánimo de los ciudadanos franceses, marcado por la decepción y el hartazgo, con respecto a las desigualdades sociales por parte de la Presidencia de un país ya de por sí propenso a la crispación.
En su obra, Hessel aboga por la vuelta de los franceses a los valores de la resistencia que, en su opinión, se han perdido.
"Hago un llamamiento a los ciudadanos, jóvenes y no tan jóvenes, a asumir la responsabilidad por las cosas que no funcionan en nuestra sociedad", señala. "Deseo que cada uno de ustedes encuentre un motivo por el que indignarse con esta sociedad", sentencia el autor.
En estos momentos se están preparando varias traducciones de Indignez vous! para su próxima venta en países como Italia y otros mercados del continente europeo.Vanitaris/LIVDUCA

jueves, 24 de enero de 2019

George Orwell, escritor intemporal



Ivette Durán Calderón


Eric Arthur Blair (1903-1950), conocido por el pseudónimo de George Orwell, célebre porque dentro de sus múltiples publicaciones, que en total son más de cien e incluyen ensayos, poemas, antologías y libros de no ficción, resaltan las seis novelas que convirtieron su nombre en la epopeya de la distopía.

Vale la pena recordarlo no sólo por su gran alegado, sino porque se ha convertido en un escritor intemporal.

Más de un adulto se ve obligado a releer sus obras para poder captar el mensaje subliminal que cada lector espera encontrar.

Citando un ejemplo, Rebelión en la granja no es un cuento infantil, es
una más de sus magistrales obras, fina sátira publicada en 1945, que fabula mordazmente sobre cómo el régimen soviético de Iósif Stalin corrompe el socialismo.
 
Dejemos que Sonia Viramontes no permita hacer un recorrido por las obras más emblemáticas de un escritor que pudo ver el futuro:

George Orwell, el profeta

George Orwell –que sus papás nombraron Eric Arthur Blair– se ha condecorado como el rey de las distopías, tanto que existe el adjetivo orwelliano para describir sociedades que reproducen actitudes totalitarias y represoras.
Aquellos mundos grises y esclavistas estuvieron inspirados en la vida que llevaba el escritor, primero en Motihari, ciudad en la que nació el 25 de junio de 1903, que formaba parte del imperio inglés en la India; después se fue a Inglaterra y luego a Birmania. Más adelante regresó a Gran Bretaña y vivió también en París.
George Orwell estudió en el Eton College de Windsor, “la escuela más aristocrática del Reino Unido”, según el economista Rahat Nabi Khan. Después de pasar ahí un tiempo que el escritor describió como “relativamente feliz”, decidió unirse a la Policía Imperial India en Birmania.
Su madre, Ida Mabel Limouzin Blair, nació en lo que hoy se conoce como Myanmar y su padre –a quién no había visto desde los dos años– era oficial en el Departamento del Opio del imperio inglés en la India. Eso explica, quizás, su interés por vivir aquella experiencia.
Tenía 19 años cuando comenzó su servicio en la policía. Aprendió birmano e hindustaní; aprendió de la cultura y gente local, además de una buena cantidad de datos sobre la flora y fauna de Birmania. Después de cinco años, Blair (porque aún no utilizaba su seudónimo) renunció a la policía y regresó a Inglaterra.
De vuelta en Europa vivió como indigente y después de intentar algunos trabajos que no le funcionaron muy bien, se mudó a París por un año y comenzó a escribir su primer libro, Sin blanca en París y Londres (Down and Out in Paris and London) que publicó hasta 1933. Con ese libro nace el seudónimo George Orwell, pues no quería apenar a sus padres con las declaraciones que imputaba en aquella no ficción.
De vuelta a casa de sus padres en Suffolk, enfermo y sin dinero, empezó a escribir Los días de Birmania, donde habla de Kyauktada, un pequeño pueblo en el que un puñado de ingleses, representantes del imperio, sobrevive encastillado en su “club europeo”. Rodeado de la selva y los nativos, a quienes uno de los protagonistas llama “negros asquerosos e infames”, Orwell retrata el daño que provoca el sistema imperialista, ignorante y posesivo. 
La segunda novela de Orwell también fue escrita desde la casa de sus padres. En esta temporada el escritor optó por convertirse en profesor como medio de subsistencia. Esta experiencia y la de vivir en Southwold, un pequeño pueblo en la costa este de Inglaterra, le sirvieron de inspiración para escribir La hija del clérigo.
Dorothy es la hija de un reverendo estricto y poco cariñoso. Condenada a una existencia infeliz, trabaja como criada y enseña en una escuela privada para señoritas, además de mendigar por las calles para conseguir lo necesario para sobrevivir a la gran depresión inglesa. Inesperadamente, Dorothy es llevada a Londres, donde vivirá una realidad completamente diferente a la suya, exiliada incluso de su propia memoria.
Esta obra desnuda la realidad inglesa de los años 30, que con enjundia se había intentado solapar en la literatura. Muestra el yugo de ser mujer y ser pobre, dos características que compartían más de la mitad de la población inglesa de esa época.
Tras una época muy solitaria, Orwell decide mudarse a Hampstead, una zona residencial de Londres, famosa por sus asociaciones intelectuales, artísticas, musicales y literarias. Ahí el escritor de 31 años comenzó a trabajar en una librería de segunda mano llamada Booklover’s Corner. Durante esa época conoció a muchos otros escritores y artistas, algunos de los cuales formarían parte de su libro Que no muera la aspidistra.
Ahí cuenta el proceso de autoexclusión social de un joven de 30 años, Gordon Comstock, que prefiere un trabajo mal remunerado de ayudante en una pequeña librería a ejercer de publicista en una importante firma con un buen sueldo. Sus ideales contra el universo del dinero, personificado como el El Dios Dinero, una figura que abarca la industria de la publicidad y el City, le llevan poco a poco a la marginalidad en todos los aspectos de la vida, incluido el personal, ya que le resulta imposible casarse con su novia Rosemary «sin un buen trabajo». Hasta sus afanes por convertirse en poeta fracasan ante la imposibilidad de ser creativo sin cumplir con los recursos económicos mínimo.
En 1936, recién comenzada la la Guerra Civil Española, Orwell decidió unirse al batallón con la idea de “matar fascistas porque alguien debe hacerlo”, como le declaró a su amigo Henry Miller cuatro días antes de enrolarse como brigadista. Llegó el 26 de diciembre, junto con otros británicos que perseguían el mismo objetivo.
El 20 de mayo de 1937, durante las jornadas de mayo, Orwell recibió un tiro en el cuello. Fue retirado del frente, regresado a Inglaterra y después internado por tuberculosis. Sin embargo, en su tiempo después del campo de batalla escribió uno de sus textos de no ficción más reconocidos, Homenaje a Cataluña, donde describe su “admiración por lo que identifica como ausencia de estructuras de clase en algunas áreas dominadas por revolucionarios de orientación anarquista” y también critica al Partido Comunista de España por su control estalinista y la propaganda que usan como manipulación informativa.
En 1946 escribió: “La guerra de España y otros acontecimientos ocurridos en 1936-1937 cambiaron las cosas, y desde entonces supe dónde me encontraba. Cada línea en serio que he escrito desde 1936 ha sido escrita, directa o indirectamente, contra el totalitarismo y a favor del socialismo democrático como yo lo entiendo”.
Como parte de su recuperación de la tuberculosis, Orwell se fue a Marruecos. Desde ahí escribió Subir a por aire, que cuenta los preludios de la Segunda Guerra Mundial, que comenzaba el mismo año en que fue publicado.
George Bowling, el protagonista de la obra, es un agente de seguros que vive en una típica casa inglesa suburbana con su mujer y dos hijos. Un día, después de estrenar su nueva dentadura postiza siente que necesita “subir a tomar aire”. En una carrera de caballos gana 17 libras y decide que con ese dinero regresará a Lower Binfield, el pueblo en el que creció y en el que recordaba con cariño un estanque donde pescaba carpas treinta años atrás. El encuentro con la realidad dista de sus memorias: ya no hay estanque y el pueblo se ha vuelto irreconocible, además de que se encuentra con un “bombardeo accidental” de las fuerzas de la Fuerza Aérea Real.
Esta es una de las obras más reconocidas de George Orwell. En ella ilustra una alegoría del régimen soviético de Iosef Stalin, que corrompe el socialismo que el escritor defendía como orientación política. Además el argumento construye una hipótesis sobre el peso que tiene la corrupción en las sociedades y lo fácil que es que cualquiera se vea seducido por el poder.
La novela fue escrita en el transcurso de la Segunda Guerra Mundial y en realidad no fue conocida por el público hasta cinco años después de su publicación, en 1950.
El argumento de la novela distópica comienza cuando los animales de la Granja Solariega, alentados un día por el Viejo Mayor, un cerdo que antes de morir les explicó a todos sus ideas, llevan a cabo una revolución en la que consiguen expulsar al granjero Howard Jones y crear sus propias reglas, llamados los Siete Mandamientos, que escriben en una pared:
Todo lo que camina sobre dos pies es un enemigo.
Todo lo que camina sobre cuatro patas, nade, o tenga alas, es amigo.
Ningún animal usará ropa.
Ningún animal dormirá en una cama.
Ningún animal beberá alcohol.
Ningún animal matará a otro animal.
Todos los animales son iguales.
Esta obra fue el broche de oro que colocó a George Orwell como el rey de la distopía, pero también le dio un toque de profeta. No por nada fue éste uno de los libros más leídos después de que Donald Trump asumió la presidencia estadounidense.
Orwell la escribió entre 1947 y 1948 (aunque los esbozos existen desde el ‘44), pero fue publicada hasta 8 de junio de 1949. Mientras la escribía, el escritor pasaba por la fase más grave de la tuberculosis que padecía y fue la última obra que publicó antes de su muerte el 21 de enero de 1950.
El concepto de vigilancia social del Gran Hermano llegó con esta obra al imaginario colectivo y se ha convertido, en uno de los conceptos literarios más retomados en la cultura pop y urbana, pues constantemente nos vemos sumergidos en una realidad muy parecida a la que el escritor describe.
El hilo de la novela lo lleva Winston Smith, que trabaja en el Ministerio de la Verdad. Su tarea es, nada más y nada menos, reescribir la historia para que no contradiga al presente. Poco a poco, Smith se empieza a dar cuenta que su trabajo es sólo una de las muchas artimañas que tiene el gobierno para engañar y someter a la gente. En su ansia de evadir la omnipresente vigilancia del Gran Hermano, que invade hasta las casas, se encuentra con una joven rebelde llamada Julia, también desencantada del sistema político. Ambos encarnan una resistencia de dos contra una sociedad que se vigila a sí misma.
Fuente: https://gatopardo.com/cultura/libros/george-orwell-escritor-ingles/

viernes, 6 de julio de 2018

Plagio, piratería y derechos de autor


®Ivette Durán Calderón

 Piratería, tradicionalmente representa la acción o actividad de asaltar barcos en alta mar o en las costas para apropiarse de su cargamento. Noticias y relatos abundan en frases que describen tal acción, Ej: "los bucaneros se dedicaron a la piratería en los siglos XVI y XVII".

Hoy en día, la acepción de piratería y lo que concierne a piratear cambió, tanto que llega a considerarse un sinónimo de falsificar un producto y lo que ello implica. Vale decir, comercializar y/o difundir copias ilegales, de obras cuya propiedad intelectual tiene dueño, o lo que es lo mismo, pertenecen a alguien (libros, películas, temas y canciones musicales, etc.) Podemos colegir, entonces, que “pirata” es el adjetivo aplicado a esas copias falsificadas o reproducciones no autorizadas por su legítimo propietario.  El slogan “No a la piratería” es frecuentemente utilizado para defender precisamente los derechos de propiedad intelectual, evitando de ese modo el plagio.

Encontramos entonces, una similitud sustancial al referirnos a la infracción de derechos de autor, concretamente estamos hablando del copyright, entendiéndose como tal, al conjunto de normas y principios jurídicos que protegen todo derecho moral y de explotación de obras tanto materiales como intangibles, como ser:  obras artísticas, musicales, literarias, musicales, didácticas, científicas, traducciones, interpretaciones, inventos  y todo trabajo intelectual de ilimitada creatividad.





Estos derechos morales, implican también todo derecho no solo al beneficio económico subyacente, sino además al merecido reconocimiento público de la autoría de una determinada creación. Asimismo, se refiere a la decisión de divulgar bajo propio nombre de autor o bajo seudónimo, todos los aspectos de la explotación, cesión de derechos, difusión, modificación, corrección, resumen, etc.  

La infracción de copyright ® (derechos de autor) o violación de copyright es un uso no autorizado o prohibido de obras protegidas por las leyes de derechos de autor.
Cabe destacar que es el Convenio de Berna para la Protección de las Obras Literarias y Artísticas (1886), la entidad que regula todos estos aspectos: http://www.wipo.int/treaties/es/ip/berne/summary_berne.html

Hurto es la tipificación que recibe toda acción de apropiación de obras ajenas dándolas como propias. La legislación de cada país prevé en sus normas las sanciones tanto penales, como civiles, respectivas.

Conviene, asimismo, puntualizar que Plagio, de acuerdo al linguista uruguayo  Ricardo Soca es igual que plaga y llaga— se vincula en su origen etimológico al vocablo latino plaga y fue incorporada al Diccionario de la Real Academia en 1869 como una voz de creación culta, tomada directamente del latín plagium, que significaba 'robo de esclavos' y también 'plagio literario', como en nuestros días.

Este sustantivo se había formado a partir del adjetivo griego plagios, con el significado de 'engañoso, trapacero, oblicuo', que provenía, a su vez, de plazein 'golpear', 'descarriar', que también está en el origen de plaga.El plagio es un delito despreciable, porque equivale a la apropiación del trabajo ajeno por parte de quienes no tienen capacidad para crear por sí mismos. En algunos países, plagio significa también “secuestro de personas”, un sentido que es heredero del robo de esclavos ajenos, mencionado más arriba.











miércoles, 20 de junio de 2018

Una novela de una sola frase gana un premio de 100.000 euros




Mike McCormack apoyado en una pared

El autor de ‘Solar Bones’, Mike McCormack, no sale de su asombro tras conocer que se ha hecho con el galardón
Una novela de una sola frase gana un premio de 100.000 euros
El escritor Mike McCormack, en una imagen de archivo (Dublin Literary Award)

Mike McCormack no sale de su asombro. El escritor acaba de ganar el premio literario internacional de Dublín por su novela Solar Bones, un galardón de lo más prestigioso en el mundo editorial que otorga a su vencedor nada menos que 100.000 euros. Con unas cifras y un reconocimiento de tal calibre, sería habitual que el autor estuviera sobrepasado. Sin embargo, su sorpresa vendría por otra cuestión: su novela únicamente tiene una frase.

Su optimismo no es la mejor de sus bazas. Ya lo dice en su propia página de Wikipedia, que asegura que el escritor es una persona “desgraciadamente descuidada”, una calificación con la que él mismo se describió hace unos años. Una característica que no le ha hecho descentrarse de su camino en las letras. No obstante, ha reconocido al diario británico The Guardian que quedó “impactado” tras conocer el veredicto. “Había renunciado completamente a la esperanza de ganarlo”.

El premio literario internacional de Dublín, anteriormente conocido como Impac, lo eligen bibliotecarios de todo el mundo

El premio literario internacional de Dublín, anteriormente conocido como Impac, lo eligen bibliotecarios de todo el mundo. Son ellos los que hacen una selección y deciden a que autor bendicen cada año. En esta última edición, los jueces aclamaron el libro de McCormack como “formalmente ambicioso, estilísticamente intrépido y con espíritu lingüístico”.

No crean los futuros lectores que se trata de una oración cualquiera, pues fluye en más de 270 páginas. Los jueces han visto en esta frase una gran dificultad para componerla “sin que pierda su esencia y sin que no vengan ganas de seguir dev orando páginas”. De ahí, su reconocimiento. Además, la historia abarca una sola jornada: el Día de Todos los Santos, cuando, según la superstición, los muertos pueden regresar a la tierra de los vivos. La historia la narra Marcus Conway, esposo, padre, ingeniero civil y, también, un fantasma (en su sentido más literal).

Solar Bones es el quinto libro del autor de Galway. Pese a que es, indudablemente, su obra más leída, asegura que “la gente me mira como un debutante”. Anteriormente, este mismo libro ya le hizo ganar el premio Goldsmiths por ficción experimental, así como ser elegido para el reconocimiento editorial Man Booker.

El propio autor ha reconocido a la prensa que “costó mucho colocar el libro en el mercado”

El propio autor ha reconocido a la prensa que “costó mucho colocar el libro en el mercado”. Muchas editoriales se negaron a publicarlo, pues “nadie lo quería”. “Dos editores lo llevaron a las reuniones de adquisiciones pero no pudieron venderlo porque yo no tenía reputación de vender libros”.

Lisa Coen, una de las dos personas detrás de Tramp Press, la pequeña editorial irlandesa que se arriesgó por primera vez en la novela, ha explicado: “Si fueras un editor cínico y buscaste un libro que no te perdiera dinero, probablemente no elegiría Solar Bones. Y es encantador que este no sea el caso. Que este premio sea decidido por lectores y bibliotecarios es un gran negocio para Mike. Mike siempre tuvo seguidores de culto, es detenido en las calles. Pero este es un sello de aprobación diferente”.

miércoles, 16 de mayo de 2018

MIL Mujeres en la Industria Literaria - ¿Es sexista el mundo del libro?

España:
La escritora Maureen Johnson publicó hace unos años una novela titulada The Key to the Golden Firebird (sin publicar en España) que «va sobre tres hermanas que se enfrentan a la muerte súbita de su padre», explica en su blog. Sus editores creyeron que lo más apropiado para eso era una portada rosa Barbie, con el título del libro escrito en la camiseta de una modelo y una pegatina en forma de corazón aclarando: «A novel» («Una novela»).
«Ahora, como ejercicio mental –pidió Johnson recientemente– imaginen que en lugar de Maureen yo me llamase Maurice Johnson. ¿Tendría mi libro ese aspecto?». A partir de ahí, la autora retó a sus seguidores en Twitter y Tumblr a jugar al Coverflip (cambio de portadas). La idea consistía en tomar la cubierta de un libro clásico o reciente, cambiar el género de su autor (por ejemplo, JaneFranzen en lugar de Jonathan Franzen) e imaginar cómo hubiera sido.
Diseñadores y lectores aficionados se volcaron con el proyecto y en apenas unas horas dieron con portadas falsas de lo más creíbles. Si Jeanette, en lugar de Jeffrey, Eugenides hubiera escrito La trama nupcial, especulaban, la cubierta llevaría a una novia con ramo incluido en lugar de la elegante portada tipográfica que utilizó la edición original. «Muchas autoras (entre ellas superventas como Jodi Picoult) se pusieron en contacto conmigo para comentar el experimento. Margaret Atwood lo mencionó en un artículo. Creo que es algo que nos toca a muchas», comenta Johnson a S Moda.
Sylvia Plath, ¿chick lit? Los clásicos tampoco se libran. En febrero pasado, Faber publicó una reedición de La campana de cristal, de Sylvia Plath, con motivo del 50 aniversario del libro. Por si no tenía suficiente tirón decidieron comercializarla con una nueva cubierta en la que aparece una mujer aplicándose maquillaje. The London Review of Books la calificó sencillamente de «boba» y periodistas como Tracey Egan Morrisey fueron un poco más allá: «Para un libro que va sobre la depresión clínica de una mujer, exacerbada por los sofocantes roles de género que se supone que debe cumplir, es bastante estúpido ponerle una foto barata retro de una pin up maquillándose».
Desde Faber se defendieron asegurando que trataban de acercar el libro a un nuevo público «que pueda disfrutar de él sin saber nada de poesía ni del contexto del trabajo de Plath». La portada podía resultar más atractiva en las grandes superficies pero, como notaron muchos, otras ediciones recientes de aniversario, como las de George Orwell, no recibieron el mismo tratamiento.
En el sector editorial español también sucede, «aunque seguramente en menor medida, porque las colecciones permiten menos juego», apunta Elena Ramírez, editora de Seix Barral. «El mercado anglosajón es ferozmente competitivo y los libros a veces se venden casi al peso, como un objeto empaquetado para competir», añade.
Aun así, las cubiertas son sólo una pequeña parte de un problema mayor que algunos detectan: la industria editorial, enormemente poblada por mujeres –en España son mayoría en los puestos editoriales, aunque no tanto en los directivos– y sostenida gracias a un público consumidor también abrumadoramente femenino, no está exenta de sexismo.
Literatura mujeres
Claire Messud defendió el derecho de su última protagonista a ser poco simpática y dio lugar a la polémica al rebelarse contra el rol de «chica maja».
GETTY IMAGES
  
La asociación VIDA, que busca «explorar la percepción crítica de lo que escriben las mujeres» publica desde hace tres años una minuciosa colección de estadísticas detallando el número de críticas y libros escritos por féminas en los principales medios literarios anglosajones. En algunos, como Granta, se acerca al 40% (en parte porque esa revista literaria publica un número anual exclusivamente femenino, un gesto ya de por sí polémico) y en otros, como la respetada New York Review of Books apenas llegan a un 20% de reseñas de libros escritos por autoras y menos de un 10% de firmas femeninas. La asociación admite que desde que publica sus datos, las cosas han mejorado sensiblemente.
No todo el mundo está de acuerdo en que las mujeres lo tengan más difícil. El joven novelista Teddy Wayne (Kapitoil, Blackie Books) esgrimió en un provocador ensayo titulado La agonía del hombre novelista que «a la mayoría de autores literarios hombres, excluyendo el escalafón superior de los Franzen, Eugenides y De Lillo, les resulta más difícil que a las mujeres labrarse una carrera literaria financieramente estable (…)». Wayne argumenta que las autoras se benefician de una doble exposición mediática, al aparecer a la vez en revistas femeninas y literarias, y compara a los hombres que escriben con los actores porno: «Son menos y ganan menos que ellas, que tienen mucha más demanda de público». Además, el escritor aduce que las mujeres compran en Estados Unidos unas dos terceras partes del total de libros y un 80% cuando se habla de ficción literaria. Allí existe una tupida red de clubs de lectura, casi 100% femenina, a la que corteja la industria. «El libro arquetípico que escogen esos clubes está escrito por una mujer, tiene personajes femeninos, incluye una historia de amor, un relato de crecimiento personal o una narrativa madre-hija, quizá con trasfondo histórico».
De lo que Wayne está hablando, sin decirlo, es de ese género inventado llamado women’s fiction, un término que desagrada especialmente a la agente literaria Mónica Martín. «¿Por qué no existe la male fiction? Porque se supone que es lo normal, lo que debe ser. Si Clarín hubiese vivido hoy y fuese mujer tendríamos otro análisis de La regenta. Y lo mismo con Madame Bovary y con Lolita. ¿Es women’s fiction la novela Las bostonianas de Henry James?». Ana S. Pareja, la editora de Alpha Decay, amplía el foco: «Por norma general se espera que las mujeres escriban para mujeres y los hombres, para ambos sexos. El hecho de que ellas compren más libros enturbia la percepción que tenemos y perjudica a las autoras que van por libre», apunta. 
Pareja recuerda algunos casos curiosos que le ha tocado vivir con las escritoras que publican en su sello, como la argentina Pola Oloixarac, que es joven y muy atractiva. «Recuerdo frases sonrojantes en la prensa generalista sobre ‘sus largas piernas’ (o pestañas). Al mismo tiempo, la belleza física de algunas autoras ayuda a que más periodistas se interesen por ellas». Elena Ramírez lo confirma: «Si la autora es bonita, tiene sentido del humor y usa tacones le saldrán toda clase de propuestas de promoción, para posar maquillada en las revistas u opinando sobre cualquier cuestión al margen de su obra. Le publicarán menos críticas serias en los suplementos y tendrá que demostrar durante muchos años lo que vale para conseguir una portada. Lo logrará cuando vista mucho de negro, vaya despeinada o se haya hecho mayor. O sea extranjera, claro».
La última y curiosa polémica sobre mujeres y letras que saltó a los medios hace unas semanas no tiene que ver con las autoras ni con su eco mediático, sino con los personajes femeninos de sus libros. La novelista Claire Messud promocionaba The Woman Upstairs, en el que la protagonista es una mujer de 42 años que se rebela contra el rol de «chica maja» que la sociedad le ha otorgado. Una periodista del Publishers Weekly le lanzó a Messud la siguiente pregunta: «Yo no querría ser amiga de Nora, ¿y usted? Su visión es insoportablemente negativa».
La respuesta de la autora fue épica y furibunda, y no tardó en replicarse vía Twitter: «¿Qué clase de pregunta es esa, cielo santo? ¿Querría usted ser amiga de Humbert Humbert, de Mickey Sabbath, de Hamlet, de Edipo, de Óscar Wao, de cualquiera de los personajes de Las correcciones o de La broma infinita, de cualquiera de los tipos que jamás hayan imaginado Pynchon o Martin Amis?». Messud, y a continuación otras autoras como Curtis Sittenfeld, han empezado a rebelarse contra un último vestigio sexista en la literatura: la necesidad de que los personajes femeninos sean más empáticos y agradables. «Si usted lee para hacer amigos tiene un grave problema –continuó la escritora–. Leemos para encontrar vida, en todas sus posibilidades». Y en todos sus géneros y formatos, se podría añadir innecesariamente.
Fuente:https://smoda.elpais.com/moda/es-sexista-el-mundo-del-libro/

lunes, 6 de agosto de 2012

Se buscan profesores para las asignaturas de Imaginación, Inspiración, Talento, Vivencias. Ref: Escuela de Escritores


© Ivette Durán Calderón

De un tiempo a esta parte, dos o tres años, no más, pero intensamente, en diferentes países se imparten cursos de ¿Escritura? ¿Escritura Literaria? En otras palabras: van proliferando las escuelas y talleres para formar escritores. Sin embargo, ésta no es una novedad, México es el país pionero, ya que el año 1986 se creó la Escuela de Escritores de la SOGEM (Sociedad General de Escritores de México), que fue la primera en su tipo en Latinoamérica y España; esa institución se sumó al trabajo que desde 1957 realizaba el Centro Mexicano de Escritores, epicentro de la literatura mexicana del siglo XX.

Efectivamente, están plenamente justificados los cursos de redacción, gramática, ortografía, semántica, sintaxis, análisis de novela, cuento, relato, ensayo, crítica literaria  y un largo etcétera – con lo simple que sería llamar a este curso “Lengua” o “Lenguaje” o “Literatura”-  y fomentar la venta de las guías de “Análisis de texto y Lengua”. Pero, no podemos impartir, calificar y evaluar la imaginación, la inspiración, el talento o las vivencias de cada “alumno”. Fulano de tal reprobó por ¿falta de imaginación? Metafóricamente hablando: Podemos llevar a un jumento a la fuerza hasta el río…pero no podremos obligarle a beber de sus aguas.

El asunto no es escribir por escribir y autodenominarse “escritor”. Escritor es quien escribe bien y se hace dueño y eco de su oficio para atraer a sus lectores, llegar a ellos a través de la palabra correctamente escrita. De un escritor se debe aprender, no perder el tiempo leyéndolo. Escribir se aprende escribiendo, luego de leer mucho.

No vamos a divagar en la pregunta de siempre: “¿El escritor nace o se hace?”, muy común en las entrevistas. Las respuestas son variopintas.

Tuve la oportunidad de conocer a varios Diplomados de Formación Literaria que estudiaron en la Escuela Mexicana de Escritores. Me mostraron algunos con orgullo y otros con frustración sus diplomas, los cuales no les hace merecedores del Título de Escritor,  “es la obra, no el diploma, lo que les permite llamarse escritores” - es uno de los axiomas de esa escuela. – Enfatizó uno de ellos.

En una de mis visitas a Argentina, estuve tentada, más por curiosidad, que necesidad, de participar en las clases de "Clínica para novela y crónica", aún me queda la duda si debí o no haber participado.

La Escuela de Escritura Creativa de Chile, ofrecía el año 2006 un interesante – llamado por ellos, módulo de estudios-  “Fomento del libro y la lectura” asumí que pretendían fomentar la escritura, publicación, venta y compra de libros para su consecuente lectura. El curso estaba dirigido a escritores, estudiantes, amantes del desarrollo literario, del fomento del libro y la lectura, y a la comunidad en general. Mi estancia fue tan breve que no pude obtener más información.

En España, ofrecen capacitación permanente y competitiva con cursos presenciales y online, existe asimismo, un Máster de Narrativa.

No ha dejado de sorprenderme el año 2009, cuando recibí la información-invitación de la Asociación Latinoamericana de Escritores Cristianos de un “Curso para Escritores” me sonó simpático y diferente, era "para escritores" y no "de escritores". Fue desde entonces que estoy convencida que los escritores pueden y deben actualizar sus conocimientos, sus capacitadores serán sus propios colegas, más, o menos destacados, según se aprecie,  ya sea por un golpe de suerte o porque su contemporáneo magistral legado literario no deja lugar a dudas.

Me cabe puntualizar que diariamente me llegan online invitaciones de talleres, cursos, seminarios, etc., para mejorar o aprender el arte de escribir, paralelamente me ofrecen ventajosas ofertas de autoedición, me ofrecen enseñarme a escribir, pagar por ello, luego autoeditar mi libro, pagar y a esperar. Mientras pague ¿realmente me “enseñarán a escribir”? o simplemente ofrecen impresión de cualquier texto llámese, novela, cuento poemario, ensayo, etc., libros que jamás llegarán a un escaparate serio, menos aún a una Feria de Libros. Siempre se necesitará la firma editorial. La autoedición halaga el ego y acrecienta el arca de las imprentas.

Os dejo con esta noticia:

Escuelas de escritores ¿puro cuento o una realidad?
Formación. El arte literario
Académicos, directivos, escritores y estudiantes aseguran que las escuelas funcionan, que son espacios para la creación y la autocrítica, que allí no van a encontrar el talento pero sí a forjar la disciplina
En las escuelas de escritores el talento no se vende, tampoco forma parte de asignaturas ni se consigue mediante un diploma con validez oficial. Con el tiempo, se han convertido en espacios necesarios donde el aspirante a escritor se forja, vence sus egos y afirma la autocrítica; allí adquiere disciplina y calidad literaria.
En México abundan los talleres literarios, cursos y diplomados de literatura; unos impartidos en casas de cultura y muchos en instituciones de la iniciativa privada. Incluso es un país pionero en escuelas para escritores. En 1986 se creó la Escuela de Escritores de la Sogem, que fue la primera en su tipo en América y España; esa institución se sumó al trabajo que desde 1957 realizaba el Centro Mexicano de Escritores, epicentro de la literatura mexicana del siglo XX.
Son válidas algunas preguntas a propósito de estas escuelas: ¿sirven?, ¿proporcionan herramientas?, ¿ayudan a forjar escritores?, ¿son espacios de acompañamiento y consejo?, ¿son lugares donde los aspirantes a escritor hallan habilidades para el oficio de escribir?
Académicos, directivos, escritores y estudiantes aseguran que las escuelas funcionan, que son espacios para la creación y la autocrítica, que allí no van a encontrar el talento pero sí a forjar la disciplina, que hay premisas que deben cumplir, que es un oficio de mucha disciplina y que deben terminar con el prejuicio que existe de que un escritor se hace leyendo y en la calle.
“Hay un prejuicio muy grande contra las escuelas de escritores; ¿por qué si hay una escuela de pintura, una de música, una de cine, una de fotografía o una escuela de danza, no habría de haber una escuela de escritores?”, señala Mario González Suárez, quien dirige la Escuela Mexicana de Escritores, creada en mayo de 2011. 
Todas las escuelas emprenden nuevas estrategias para allegarse alumnos, abren talleres en líneas, crean cursos de especialización para que los alumnos terminen una obra y la publiquen editoriales independientes; suman escritores como maestros, están al tanto de lo que pasa en otras escuelas. En todas hay autores, hay muchachos que han ganado premios, profesionales de la literatura, hay sueños y deseos de hacer carrera, tener estilo y nombre y que su obra se inscriba en la llamada República de las Letras.
Más sobre lo mismo:
Escuelas de escritores ¿puro cuento o una realidad?
La Sogem fue pionera en sistematizar la enseñanza de la creación literaria. Hoy, varias universidades y otras instituciones han creado sus programas. ¿Se puede aprender a ser escritor en un pupitre? Aquí hablan algunas experiencias

TRADICIÓN. La Escuela de escritores de la Sogem fue pionera en América Latina y España; miles de egresados han pasado por sus aulas, 800 han obtenido algún premio. (Foto: Oscar Palacios)

Arturo Carrasco llegó a la Escuela Mexicana de Escritores con un manuscrito bajo el brazo, era a penas un proyecto, una historia que exigía ser contada. En poco más de un año ha emprendido el azaroso camino de la escritura, ha caído y se ha levantado, ha descubierto que se aprende a escribir escribiendo, que la literatura, como toda arte, no se asimila en un manual sino que es un asunto orgánico y una labor continua por encontrar la voz propia.
En las escuelas de escritores el talento no se vende, tampoco forma parte de asignaturas ni se consigue mediante un diploma con validez oficial. Con el tiempo, se han convertido en espacios necesarios donde el aspirante a escritor se forja, vence sus egos y afirma la autocrítica; allí adquiere disciplina y calidad literaria.

En México abundan los talleres literarios, cursos y diplomados de literatura; unos impartidos en casas de cultura y muchos en instituciones de la iniciativa privada. Incluso es un país pionero en escuelas para escritores. En 1986 se creó la Escuela de Escritores de la Sogem, que fue la primera en su tipo en América y España; esa institución se sumó al trabajo que desde 1957 realizaba el Centro Mexicano de Escritores, epicentro de la literatura mexicana del siglo XX.
Hoy, en pleno siglo XXI, donde existen por lo menos cinco escuelas para escritores, la mayoría de reciente creación, son válidas las preguntas: ¿sirven?, ¿proporcionan herramientas?, ¿ayudan a forjar escritores?, ¿son espacios de acompañamiento y consejo?, ¿son lugares donde los aspirantes a escritor hallan habilidades para el oficio de escribir?
Académicos, directivos, escritores y estudiantes aseguran que las escuelas funcionan, que son espacios para la creación y la autocrítica, que allí no van a encontrar el talento pero sí a forjar la disciplina, que hay premisas que deben cumplir, que es un oficio de mucha disciplina y que deben terminar con el prejuicio que existe de que un escritor se hace leyendo y en la calle.
“Hay un prejuicio muy grande contra las escuelas de escritores; ¿por qué si hay una escuela de pintura, una de música, una de cine, una de fotografía o una escuela de danza, no habría de haber una escuela de escritores?”, señala Mario González Suárez, el escritor que dirige la Escuela Mexicana de Escritores, creada en mayo de 2011.
Las escuelas de escritores suelen ser ejercicios de escritura, de tallereo, de lecturas en voz alta, de acompañamiento de tutor-alumno y de alumno con alumno, son espacios para la discusión, el análisis y la autocrítica; lugares en los que no se aprenden el oficio sino que se ejerce con crítica.
Por ejemplo, el Programa de Escritura Creativa que desde 2008 tiene la Universidad del Claustro de Sor Juana, dice Sandra Lorenzano, escritora y vicerrectora de esa institución educativa, está pensado para disfrutar de la escritura y compartirla, para descubrir las posibilidades que encierra, a partir del diálogo con escritores formados, pero también con los pares.
“Creo que no se puede ‘enseñar’ a escribir, pero sí se puede acompañar en un proceso formativo, de conocimientos de las diversas herramientas creativas, y de descubrimiento de los caminos que la escritura puede abrir”, comenta.
Para Elsie Méndez Baillet, directora desde hace un año de la Escuela de Escritores de la Sogem, institución con 25 años de trabajo, las escuelas de escritores brindan herramientas y un punto de vista, un consejo, pero solamente eso, pues dice que si el escritor no trabaja no logra nada. “Trabajamos a través de talleres, de escribir, de leer, de escuchar opiniones de los demás y de corregir. Cuando el alumno termina tiene escritos unos dos cuentos, tal vez un tercio de novela, un guión de cine o tal vez proyecto para televisión”.
Alejandro Montes, profesor-investigador de la academia de Creación Literaria de la licenciatura que se imparte en la Universidad Autónoma de la Ciudad de México desde 2001, cita que muchos han dicho que “Shakespeare nunca fue a la universidad”, y sugiere que para escribir sólo es suficiente hacerlo, él afirma que es una aseveración muy parcial porque únicamente apela a la voluntad del escritor no al oficio adquirido por la confrontación práctica de la experiencia ni a la adquisición de conocimientos por investigación, estudio y lectura.
Escribir escribiendo
Elsie Méndez Baillet asegura que un escritor se descubre a sí mismo escribiendo. “Solamente con la práctica de su escritura puede descubrir su voz específica que surge a partir de su experiencia propia y de las habilidades que tenga, es decir, el talento, lo han dicho muchísimas personas, tiene que ver con la gran cantidad de trabajo, de práctica y de experiencia”.
Sandra Lorenzano asegura que hay interés, han cursado el programa 900 personas y que incluso han creado la licenciatura en Escritura creativa y literatura, cuya primera generación ingresó en agosto de 2011.
Alejandro Montes dice que un escritor debe profesionalizar su oficio no sólo desde la intuición sino por medio de conocimientos organizados que enriquezcan su trabajo.
González Suárez es categórico: “Una facultad de letras no sirve para ser escritor, hace profesores y críticos, frustra vocaciones literarias; una facultad de letras está demasiado ceñida a una serie de requisitos académicos que no necesita un escritor, está muy bien para la investigación, la docencia pero no para la creación”.
También dice que se equivocan los escritores que aseguran que el escritor se hace en la calle y en la cantina. “Tú no aprendes a escribir leyendo, aprendes a escribir escribiendo y sobre todo aprendiendo a escribir con otros escritores. Los jóvenes tienen que aprender a conocerse, a trabajar consigo mismos; la literatura como todas las artes no es algo que se pueda aprender en un manual, es algo orgánico con lo que tienes que trabajar; las escuelas trabajan con el oficio”.

En los últimos años han surgido escuelas de escritores en latinoamérica y España, está la escuela de escritores en Madrid que tiene mucha actividad, pero también ejercicios en Venezuela, Argentina, Colombia y Estados Unidos. Por ejemplo, el Programa de Escritura Creativa del Claustro de Sor Juana tomó como modelo la Escuela Holden, creada por Alessandro Baricco en Turín.
Todas las escuelas emprenden nuevas estrategias para allegarse alumnos, abren talleres en líneas, crean cursos de especialización para que los alumnos terminen una obnra y la publiquen editoriales independientes; suman escritores como maestros, están al tanto de lo que pasa en otras escuelas como Casa Lamm o los ejercicios en el Centro Xavier Villaurrutia o ese experimento que fue la Escuela Dinámica de Escritores de Mario Bellatín.
En todas las escuelas de escritores, hay autores, hay muchachos que han ganado premios, hay profesionales ejerciendo la literatura, hay sueños y deseos de hacer carrera, tener estilo y nombre y que su obra se inscriba en la llamada República de las Letras.
Fuente/ El Universal/LIVDUCA

miércoles, 1 de agosto de 2012

Argentina llora la muerte del escritor Héctor Tizón.

MEMORIAL DE LA PUNA. La Puna, la frontera, son el origen de la literatura de Héctor Tizón. (José Mateos)


Tuvo tiempo de escribir y publicar su Memorial de la Puna. Allí continuó y dejó abierta su obra retomando esas grandes historias mínimas, las de sus novelas, las de su tierra desértica. Ha muerto Tizón, no su literatura, y con la noticia ese último librito se lee cual testamento. "El olvido es más fuerte e irremediable que la muerte. Sólo está muerto aquello que definitivamente hemos olvidado", dijo. O escribió.

Murió en Jujuy Tizón, donde eligió vivir. Magistrado, exiliado, ciudadano universal y de Yala, se eligió a éste último para hablarles a los otros. Desde esa experiencia eligió contar el mundo, desde esos hombres y mujeres que se enfrentan a ellos mismos en la soledad y el silencio. Es curioso, ahora, la contratapa de su último libro, el lugar en el que las editoriales exageran las virtudes de sus autores, le queda chica: "Ya es un hombre sabio al que la vida no le escamotea sus verdades", dice. Hacía rato lo era.

Había nacido, por casualidad, en Rosario de la Frontera, Salta, el 21 de octubre de 1929. Pero siempre su vida transcurrió en Yala. Allí pasó su infancia, y quizá allí mismo decidió que ese cruce entre el desierto y las yungas sería el teatro de operaciones para contar y contarse a sí mismo. Desde temprano, Tizón debió navegar entre dos lenguas, la de los libros y la quechua. Ni sus años en La Plata o en México, ni el exilio en España, o su carrera diplomática en Milán le cambiaron el foco. Su literatura se nutre también de esas experiencias, pero fluye siempre de su sangre alto peruana.

En sus historias hay un escenario concreto, pero sus problemas son universales, filosóficos, y muy humanos. En México, adonde viajo como diplomático, publicó en 1960 su primer libro, A un costado de los rieles. Luego, ya de regreso en la Argentina vinieron Fuego en Casabindo y Sota de bastos, caballo de espadas, entre otros. Casabindo, Yala, Humahuaca, Cochinoca... En esas primeras obras necesitó ponerle nombre y apellido al espacio geográfico. Hasta dibujaba mapas para anclar sus historias, para preservar los buenos tiempos, aquéllos de los que hablaban los viejos.

No siempre reinaron la oscuridad y la pobreza en el norte argentino. Y quiso Tizón salvar aquel vago recuerdo de grandeza. Libró entonces una batalla contra el tiempo para mantener los mitos de estas tierras arrasadas por el viento, las viruelas y el alcoholismo. "En un remoto rincón de la puna, los sobrevivientes... buscan en el pasado las huellas de ilusiones perdidas", escribió. Buscaba conservar esas voces, enrumbadas a morir.

Después, el tiempo le enseñó que lo que tiene que perderse se pierde. Y más en la puna. Abandonó pronto las localizaciones. Quizá ese cambio haya operado en tiempos del exilio, entre 1976 y 1982 cuando alternó casa en Madrid, París y Milán. Fue cuando, paradójicamente, muchos de sus personajes también perdieron los nombres. Sin mapa, sus personajes siguieron haciendo crujir la tierra dura y estéril a cada paso, y el amanecer siempre diáfano los siguió sorprendiendo en los caseríos de una Puna sin nombre. Sus dramas son los de la condición humana.

Contra la intelectualización literaria, contra el palabrerío inútil, se volvió un buscador incansable de atmósferas sencillas. Pero épicas. Misión que comparte con escritores como John Berger, buceando en su memoria pequeños actos, enmarcados por un mundo insondable. La tía Gertrudes, Doroteo, Venancio, Jacinta... Seres taciturnos, limitados, solos, son construcciones contra el ruido citadino. Pura apología del silencio. Hombres y mujeres que no usan la lengua para decir tonterías. Silencio y también soledad. Fue Tizón un enemigo del despilfarro y el exceso. Y es esa una característica de sus paisajes, de sus sentimentales historias puneñas.

Nos remite a lugares y a la vez los crea, este ex embajador, vagabundo, exiliado y regresado, como alguna vez se definió. Pero la soledad también es deseo. Allí están Laura y la mujer de Strasser, sensuales, con nada en común más que una evidencia de la pasión permanente. Sus libros también tienen un vínculo curioso y casi oculto con la historia mundial. En Memorial... retoma la historia del dinamitero de La mujer de Strasser, que no es otro que el Mariscal Tito, el hombre poderoso que gobernó Yugoslavia durante cuarenta años y que en la década del treinta vivió en Jujuy y trabajó junto al padre del escritor en el tendido del ferrocarril. También vuelve sobre el Conde de Montseanou, un noble belga venido a menos que se ganaba la vida tocando el piano en un prostíbulo de La Quiaca. Nombres y apellidos para personajes que no los necesitan.

Sean quienes sean, vengan de donde vengan, sus historias y personajes, vibran al compás de la oralidad de los bosques y las quebradas, de los vientos de la Puna y el desierto, de las pasiones, el sexo, los ritos de la muerte... Quizá guarden algo del diplomático radical "yrigoyenista", del abogado que llegó a ser juez de la Corte Suprema jujeña. Pero habría que volver a Yala, a otros pueblitos jujeños, aunque sea a través de un libro, y preguntar en los boliches, en las procesiones, en el río o en esas calles de frontera. Sus historias siguen allí, como Tizón mismo. Hay que ir a buscarlos: sólo está muerto aquello que definitivamente hemos olvidado. /Horacio Bilbao/LIVDUCA